miércoles, 28 de noviembre de 2007

Nuevo cuento

Cada vez que chusmeo el blog me doy cuenta que con las "ganas de..." no logro nada. Sin embargo es lo que me sale, y por ese solo motivo, lo dejo. Porque es autentico.
Acá les dejo mi último cuento. Lo presente en un concurso, mi arrogancia volvió a desplomarse al ver que ni en el orden de méritos apareció. Sin embargo con Aquella Noche me contesté la pregunta que siempre me daba vueltas por la cabeza: ¿qué justifica la existencia de la palabra eternidad?


Aquella noche

Limpió el filo con su manga y deshizo sus pasos.
Sobre los mosaicos de la cocina quedaba la mujer exhalando por última vez. El cuerpo exangüe, delgado y frágil se volvió inmóvil.
Salió del departamento, sin preocuparse por dejar rastros. Se propuso no pensar más en lo que acababa de hacer. Ya en la calle era nadie.
Y volvió a rondarle la inoportuna pregunta, la de siempre. ¿Cuál era la razón de su existencia?
Desde hacía años, como ahora, ensayaba respuestas que frenasen el agobio. Pero ninguna resultaba convincente.
Algo detuvo su andar, miró hacia la otra vereda: por la ventana brotaba un atisbo de desconsuelo. Sintió la necesidad de estar allí.
Le fue fácil entrar. Intentó que no se notara su presencia por los pasillos. Abrió la puerta observando de un extremo a otro del corredor. Evitó sonido alguno.
En una de las camas, junto a la pared de azulejos, yacía un hombre, un pobre ser desesperanzado. Esa fue la sensación al verlo: un joven con nada más que una bata blanca cubierto por una sábana inmaculada. La escena no le permitía entrever más.
No lo dudó: se acercó a él. Sin hostilidad. Sin odio. Sin violencia. El hombre abrió los ojos, sonrió por última vez… y ese fue su gesto final.
Deshizo sus pasos, limpió la hoja sobre su manga. Salió de la habitación pensando: su presencia había permitido aliviar la agonía de esa persona.
Sin embargo le tomó minutos volver al descontento: se dio cuenta de que esa trivialidad había sido inferida por el contexto del pobre hombre.
Seguía sin poder comprender su propia existencia.

Ganó la calle sin que nadie percibiera nada. Sabía que no había tenido infancia, ni pubertad, ni juventud. Sólo presente, como si hubiera nacido así como era. Pero nada de eso alivió su insatisfacción.
A las pocas cuadras logró entrar en otra casa.
Investigó cada habitación.
En un cuarto se encontró con dos pequeñas niñas que se miraban cara a cara. Al acercarse vio que no eran dos: sólo una que se reflejaba ante un espejo.
Se paró frente a él. Pero el espejo no le devolvió ninguna imagen, no lo haría jamás.
Meditó otra forma de hacer lo de siempre.

Deshizo sus pasos dejando atrás el inerte cuerpo de la niña.
Aquella noche, en esa habitación, no tuvo necesidad de limpiar el filo de su guadaña.

miércoles, 4 de abril de 2007

JJ, un excelente escritor

Un cuento de una persona a quien admiro por su estilo y exquisita narración. Por esas cosas de la vida trabajamos en la misma empresa durante varios años y en los últimos tiempos de ese grato compañerismo conocí su dote literario. Un cuento de JJ Aiello, disfrutenlo.

Difícil de leer
JJ Aiello, Julio de 2006
Sobre una idea de JF Ameghino

"That is not dead
Which can eternal lie
Yet with strange aeons
Even death may die."
H.P. Lovecraft

DIA 1
La causa se caratuló “muerte dudosa” y fue a parar al Inspector Figueras.
Cuando la policía finalmente entró tras forzar la puerta los vecinos se amucharon a la entrada del 4 b con ese morbo irracional y casi natural que mueve a mirar accidentes y muertos en circunstancias poco usuales, casi como si uno se alegraran de no ser el accidentado.
Habían sospechado que algo raro había sucedido porque los del 4 a notaron ese olor tan desagradable que salía del cadáver que ya empezaba a descomponerse y el encargado se dio cuenta que no veía al tipo del 4 b hacía bastante tiempo.

En el caso del 4 b, los vecinos casi ni conocían al occiso. Lo tenían de vista y algunos lo conocían de nombre: Raúl. Era un tipo que vivía solo y alquilaba el departamento de 1 ambiente, con ventana al pulmón.

Por lo que declararon los vecinos y el encargado del edificio, la policía supo que se había mudado hacía pocos meses y usaba el departamento solo a la noche. Lo veían todos los días salir vistiendo traje, camisa y corbata y llevando un bolso de esos que se han vuelto tan comunes en los últimos años, que son para llevar computadoras portátiles, pero que uno llena de papeles, libros, cuadernos y cosas así porque puede pagar el bolso pero no la computadora portátil.

Figueras se retiraba ese año y pensaba poner una casa de artículos de pesca en Chascomús. Siempre fue un tipo recto, de altos ideales y rápida acción. Viudo desde hacía varios años, con los hijos grandes y haciendo sus vidas, sus ocupaciones eran el trabajo policiaco y la pesca.

Fue al 4 b apenas le asignaron el caso. El oficial de guardia en el lugar esperó afuera mientras el Inspector revisaba el lugar.
Ya habían retirado el cadáver. No había signos de violencia. El departamento constaba de un ambiente, cocina/lavadero y baño. Una banderola en el baño, un extractor en la cocina y una ventana bastante grande, que daba hacia el pulmón del edificio, eran la única ventilación que tenía el lugar.

Figueras empezó a tomar notas de lo que había a la vista. Un sofá-cama sin deshacer, una mesa rebatible armada con una carpetita y un bowl con frutas de cera encima; dos sillas, una biblioteca con libros, y un mueble con una computadora encendida.
Raúl había sido encontrado muerto sentado en una de las sillas frente a la computadora. La otra silla estaba dispuesta frente a la mesa rebatible. Había una luz en el techo y un velador en el mueble de la computadora.
Figueras se tomó unos segundos para reflexionar un poco, y finalmente se sentó frente al mueble donde estaba la computadora. Pegados en los bordes del monitor había infinidad de calcomanías de lugares para pedir comida, y algunos de esos papelitos amarillos con un poco de pegamento que se usan para hacer anotaciones rápidas. En el escritorio había un papel con 5 nombres con una cifra al lado. 3 de ellos estaban tachados con una línea horizontal. Había además varias boletas de servicios e impuestos, todas a nombre de un tal H. Picardi, seguramente el propietario del departamento. Solo la banda ancha estaba a nombre de Raúl.
La computadora daba todas las señas de haber estado en uso justo antes de la muerte de Raúl, pues bajo el protector de pantalla estaba abierto el programa de correo e-mail, y el mensajero instantáneo. El programa de correo tenía un mensaje a medio escribir y al que le faltaba poner los destinatarios. El título del mensaje era “On neivra” y el texto parecía una especie de mensaje en un lenguaje desconocido. Figueras completó su dirección de correo e-mail en el campo de destinatarios y envió el mail a su casilla para examinarlo más tarde.
En el mensajero instantáneo había arriba de cien contactos, a juzgar por los apodos casi todos de sexo femenino. Estuvo tentado el Inspector de escribir un mensaje con algunos de los contactos, pero descartó la idea de inmediato.

Examinó el papel con los nombres, que eran nombres sin apellido, todos de varón; y buscó similitud entre los contactos del mensajero. Vio enseguida que estaban todos, e incluso algunos repetidos. Se guardó el papel y siguió revisando las carpetas de la computadora.

Le llamaron al celular para avisarle que habían averiguado dónde trabajaba Raúl y decidió ir al lugar a buscar algún indicio.
Era una oficina de importación y ventas de artículos de hardware y electrónica. Principalmente importaban de China y Taiwan y los distribuían por medio de reducidores que vendían on-line y por venta telefónica. Le explicaron que el trabajo de Raúl era la logística de distribución y la atención de algunos canales de gran volumen de ventas.
Los nombres en el papel resultaron ser compañeros de trabajo que le estaban entregando a Raúl dinero para un regalo de cumpleaños de otro compañero.

Por lo que pudo saber, Raúl era un tipo metódico y pacífico que se llevaba bien con todos. En realidad no es que se llevara bien; más bien era indiferente a todos y eso evitaba problemas. De todas maneras todos se sintieron muy afectados al saber que había muerto. Especialmente una chica que rompió a llorar desconsoladamente. El Inspector le pidió que después del trabajo le llamara para que le cuente lo que supiera sobre Raúl. Ella le prometió que le llamaría y se despidieron hasta más tarde.

De inmediato el Inspector regresó al departamento de Raúl a fin de concluir con sus pesquisas.
Examinando la biblioteca descubrió varios libros sobre programación de computadores, sistemas de seguridad para Internet, libros de esoterismo, varios libros de autoayuda y unas pocas novelas, todos best-sellers de Stephen King y autores del mismo género literario.

Volvió a la seccional para empezar a ordenar lo que había averiguado y almorzar algo. Después de comer estuvo discutiendo sus hallazgos con sus colegas. Las conclusiones que podían llegar a sacar eran muy vagas y decidieron que lo mejor sería indagar un poco más en el trabajo y con los vecinos, y esperar el resultado de la autopsia, que seguramente sería al día siguiente.
Puestas así las cosas, Figueras se dedicó unas horas a ayudar a sus colegas en los respectivos casos.

Pasadas las 6 de la tarde la compañera de trabajo de Raúl llamó al número que Figueras le había dado y quedaron en encontrarse en un bar. Figueras no quería ahuyentar a la chica citándola en la seccional.
La chica se llamaba Marcela y trabajaba en la misma área que Raúl. Le contó al inspector que él había estado en el trabajo desde antes que ella y que le había ayudado mucho a hacer bien su trabajo. Ella lo quería más que a los demás compañeros y aunque no tenían una amistad profunda habían salido un par de veces al cine y a comer algo. Figueras supo por Marcela que Raúl estaba intentando mejorar en su trabajo haciendo cursos de computación. También supo que Raúl tiraba el Tarot y leía la borra del café. Marcela no tenía mucha más información y parecía sincera así que Figueras la dejó ir con la advertencia que le avisara si pensaba viajar, en caso que la policía tuviera que indagar alguna otra cosa.

DIA 2
La autopsia reveló muerte súbita. No había signos de intoxicación, ni substancias venenosas, ni presencia de signos de sofocación por alergias, violencia, envenenamiento ni heridas de ningún tipo.
El secretario del juzgado recomendó archivar la causa y al Inspector le pidieron un informe por pura formalidad para cerrar el caso.

Figueras no estaba muy conforme con el resultado del caso y le pidió al comisario inspector un poco más de tiempo antes de abandonar.
Lo primero que hizo fue ir al e-mail y sacar una copia impresa del mensaje misterioso.
Estuvo varias horas revolviéndose los sesos con el mensaje de marras y no conseguía engancharle la vuelta.
Esa noche al llegar a su casa recibió una llamada desde Chascomús. La hermana de un gran amigo suyo, Arturo Bonpland, le avisaba que Arturo había fallecido hacía unos minutos.

Figueras manejó hasta Chascomús para dar el último adiós a su amigo y allá se enteró de dos detalles que lo perturbaron bastante. A Arturo lo había encontrado el hijo de la hermana tirado al lado de la PC con la que se entretenía resolviendo y diseñando juegos de ingenio y palabras cruzadas; y el médico de confianza de la familia había firmado de inmediato el acta de defunción para que no lo “tocaran”.
Figueras conocía bien al médico y fue a hablar con él. El médico, que además estimaba mucho a Arturo, le confesó a Figueras que en el acta había puesto infarto y paro cardio respiratorio, pero que en realidad, al examinarlo Arturo parecía un caso de muerte súbita. La postura del cuerpo, la expresión de la cara, la flaccidez de los miembros sugerían que simplemente se había desplomado sin vida.

Cuando después del entierro la familia le permitió a Figueras ver el lugar dónde había muerto Arturo, la obsesión le ganó terreno. En la pantalla de la PC estaba abierto el mail con un mensaje.
Título: “On neivra”
Remitente: “Osvaldo Figueras”

DIA 3
Figueras volvió a Buenos Aires perturbado e inquieto como nunca había estado. Las ideas se arremolinaban en su cabeza. Dos muertos de lo mismo en circunstancias similares, mucha casualidad y sin embargo un indicio imposible ¿Qué era ese mensaje? ¿Cómo había salido de su PC y aparecido en la de Arturo? ¿Sería un virus de esos que envían mensajes sin que uno lo sepa? ¿Pero cómo explicar las dos muertes frente a la pantalla del mensaje? Era una locura.

Al mediodía recibió otra noticia terrible. Un sobrino suyo, un chico estupendo de 19 años, había caído en coma. Figueras, ni sabe cómo, le preguntó a la voz del teléfono si el chico estaba usando la computadora cuando sucedió la tragedia. La respuesta casi lo mata: SI!

Febrilmente volvió al departamento de Raúl. Ahí tenía que estar la clave de todo. Era imposible pero Figueras estaba desesperado.
Llegado al departamento empezó a revisar de nuevo los datos de la computadora.
El amanecer lo sorprendió frustrado y agotado, pero no podía abandonar. Necesitaba una pista, una punta de donde aferrarse antes de perder el juicio. No se atrevería a comentar las ideas que tenía con sus colegas, no encontraba las palabras, no sabía bien cómo lo mirarían y definitivamente necesitaba algo más concreto.

De la computadora pasó a la biblioteca. Estuvo hasta la noche sentado en el piso leyendo párrafos sueltos de los libros de Raúl. Finalmente vencido por la presión y la fatiga descubrió leyendo la solapa de uno de los libros de esoterismo que se trataba de una publicación reciente y estaba escrito por una autora que residía en Buenos Aires.
Llamó al teléfono de la editorial que figuraba en la contratapa y una máquina contestadora le dijo que el horario de atención era de lunes a viernes de 8 a 17 hs y que esperara la señal si quería enviar un fax.
Colgó. Eran las once y media de la noche.

DIA 4
Se despertó vestido sobre la cama de su habitación, con el libro sobre el estómago. Fue al baño y la cara que vio al espejo le mostró un anciano agobiado y de pelos revueltos y barba crecida. Se enjuagó con agua fría y abrió la ducha para darse un baño.
Se tomó un café instantáneo, se duchó rápido, se vistió y salió con el libro para la editorial.

El hecho de ser policía le facilitó las cosas para dar con la autora.
Por lo que le adelantaron en la editorial era una señora bastante famosa en el circuito esotérico y no era muy afecta a las visitas inesperadas.
Figueras hizo caso omiso al consejo y antes que llamar por teléfono se fue hasta Belgrano y se presentó a la puerta del edificio donde vivía la señora.
Frente al portero eléctrico le explicó a la asistente de la Sra. Aurora que él era inspector de la policía y necesitaba consultar un tema muy importante. Lo dejaron subir a los pocos minutos.

La señora ocupaba todo un piso y Figueras fue recibido en un living casi en penumbras, alumbrado por unas velitas, con olor a sahumerio y decorado al estilo oriental. La asistente le ofreció sentarse en un sofá enorme y le pidió que aguarde unos momentos hasta que la señora lo recibiera.
Se entretuvo mirando los tapices que decoraban las paredes, todos motivos surrealistas: calaveras, diablos, símbolos, números....

La Sra. Aurora entró desplazándose sutilmente y de pié ante el Inspector extendió la mano para que se la besara.
Después le dirigió la palabra:

-Sé para que vino, y no puedo ayudarle. Lo recibí por educación y para que entienda que no tiene que molestarme.

-¿De veras sabe por qué vine?

-Vino a que le resuelva algo que su cabeza es incapaz de comprender. Siempre vienen policías incompetentes a fastidiarme.

-Bueno mire Sra. Ya me habían avisado que no le gustan las visitas, así que concédame solo una respuesta concreta y me voy para no molestarla más.
¿Una persona puede morirse por leer algo en una computadora? Le juro que solo puedo preguntárselo a usted, porque es algo que nadie más puede contestarme sin pensar que soy un loco.

-¿Usted piensa que soy estúpida? Señor Policía, hay verdades que nadie puede aceptar y seguir manteniendo la razón. Desde su punto de vista yo soy una loca y le diga lo que le diga no le va a servir para nada.

Entonces Figueras se arrodilló ante la mujer y le rogó que le escuchara antes de echarlo y le contó toda la historia de punta a punta.

La Señora lo escuchó sin interrumpirlo y finalmente le dijo:

-La magia que ud. describe es muy antigua y viene del rencor de los esclavos. Es Vudú de Haití y muy pocos pueden manejarlo. El Vudú sólo funciona si uno cree que va a funcionar. Estoy muy cansada Señor Policía, por favor váyase.

DIA 5
Estaba acorralado, loco, agotado. No sabía cómo resolver las cosas. Dos muertos, un chico agonizando, y él en medio de todo; de alguna forma responsable por Arturo y el chico, y tal vez más gente. ¿Cómo avisarles? ¿Cómo frenar la locura?
Entonces supo. Un mail era lo más rápido.
Se sentó y empezó a escribir una advertencia para enviarla a todos los contactos:
Título: “No leer el mensaje anterior”
...pero algo iba muy mal. Mientras escribía los dedos lo traicionaban y salían otras palabras:
Título:”On elre nemasej”

Borró, y probó otra vez. Era lo mismo. Una locura. Había oído hablar de la disgrafía, pero era distinto, el enfermo de disgrafía no se da cuenta de los errores, era distinto esto, era otra cosa.

Estuvo esforzándose en escribir y finalmente se le ocurrió una idea. Usaría el texto original para figurarse cómo era el cifrado y escribir la advertencia al revés y que quedara al derecho.
Buscó el papel impreso y no lo tenía. Buscó en los mensajes de e-mail y leyó:

“Seet se le ída ed ut ohar. Le moherb nalboc usmucibár a al amaig enarg. Is et aerrneipset ed neiuq eser y ed sal lafsat ed sut apserd essár repodanod la ellrag a al eitarr ed sol reumsot”

DIA 6
La hermana de Figueras había llamado a la seccional y eso los puso sobre alerta. Se dieron cuenta que hacía dos o tres días que no sabían de él y mandaron una patrulla al departamento.
Ahí lo encontraron: muerto frente a la computadora.

La causa se caratuló “muerte dudosa” y fue a parar al Inspector Rodríguez...

miércoles, 14 de marzo de 2007

Un cuento perdedor

Gente, a continuacion el cuento que presente en el concurso knorr. No salio elegido por el jurado, encuentren el ¿por qué?...

Puré chino
por Javier Ameghino

El viernes la madre de Carmen comenzó a preocuparse por la falta de apetito que su hija dejaba ver hacia algunos días. Ya no sospechaba que era un capricho de una niña de seis años. Por la noche decidió tentarla con algo dulce, había preparado budín de pan que era uno de los postres preferidos de Carmen. Sirvió una suculenta porción y la puso sobre la mesa.
–Tomá Carmen, le puse dulce de leche y crema como a vos te gusta –dijo la madre mientras levantaba los otros platos que estaban sobre la mesa. Carmen escudriñó el postre y con el dedo índice tomó una pizca de dulce de leche para saborearlo. Desde la cocina, la madre estaba atenta y a la espera de que ella clavara la cuchara. Pero fue inútil aquella estrategia, la niña empujó lentamente el plato hacia el centro de la mesa.
–No lo quiero mami, no tengo hambre –dijo desganada. Ni los dulces le despertaban las ganas de comer.
Por la noche llegó el padre del trabajo. Su esposa, que estaba en el living tejiendo, lo vio pasar y balbuceó:
–Buenas noches.
–Que tal –contestó secamente y sin detenerse se dirigió hacia la habitación de Carmen. La niña estaba dormida, él se reclinó y la beso en la frente. Salió de allí y fue hacia la cocina. Abrió la heladera y tomó lo que había quedado de la cena: guiso de arroz. Puso a calentar una porción. Mientras cenaba en la cocina, su esposa dejó el tejido y fue a dormir preguntándose si su hija estaría enferma. A la mañana siguiente, como seguía intranquila, llevó a Carmen al médico. La revisó y no encontró nada físico:
–Mire señora, si su hija en unos días no revierte el cuadro vamos a comenzar a darle vitaminas –advirtió el médico.
Llegó el domingo. El padre notó que su hija no había probado ni un bocado del almuerzo. Pensó que quizás no le gustaba la comida o que en el desayuno se había excedido con las galletitas dulces.
–Hija, ¿te sentís bien?, ¿por qué no comes?, ¿no estarás comiendo muchas golosinas? –dijo con tono de voz elevado.
–Lo que pasa papá es que no tengo hambre –musitó.
­–Si, ya veo querida. Pero si no comes te vas a enfermar. ¡Y nada de andar comiendo de esas porquerías que vos siempre comes!, tenes que comer comida –dijo enojado. Carmen compungida agachó la cabeza y se fue a su habitación. El padre, sin levantar la vista del plato, preguntó a su mujer:
–¿Carmen esta enferma o es un capricho?, ¿qué le pasa?
–Te dignaste a preguntar por tu hija, ¿era hora no? Mirá, no se, a mi también me gustaría saberlo. El médico no le encontró nada –dijo ella y repentinamente empezó a llorar- ¡No soporto más esta situación!, me siento sola, por favor por lo menos ayúdame a lograr que Carmen coma algo –dijo entre sollozos. El marido la escuchó sin mirarla, se levantó de la mesa y se fue hacia su habitación. Se acostó en la cama y se quedo pensando sobre lo ocurrido.
Al siguiente día, el padre de Carmen volvió del trabajo antes de la hora del almuerzo:
–A partir de hoy comienzan mis vacaciones –dijo en voz alta al entrar a la casa. Después de cinco años se había dado cuenta que necesitaba tomarse un tiempo para descansar. Desde el living su esposa levantó la mirada del tejido que tenía entre las manos, incrédula sonrió. Carmen escuchó la noticia, saludó sin ganas al padre y se fue a su habitación. Seguía afligida.
Mientras estaba jugando con las muñecas, un fuerte aroma a ajo la llevó hacia la cocina. La extrañó ver al padre con el delantal puesto y cocinando, estaba preparando carne frita con ajo. Dio media vuelta para irse pero la detuvo la voz de él:
–También voy a hacer puré chino.
–¿Puré chino?, ¿qué es eso papá?
–Es un puré que lleva papas, un poco de manteca, una pizca de sal y otra de nuez moscada, pero la diferencia esta en cómo lo preparo, ¡y lo rápido que lo hago!, ya vas a ver –exclamó sonriente–, es una receta que aprendí cuando era muy joven, cuando estuve en China.
Carmen se asombró y preguntó:
–¿Cuándo estuviste en China?
–Antes de conocer a tu mamá, viajé a China para aprender a cocinar.
Carmen se quedó inmóvil esperando mas detalles. El padre le pidió que se vaya a sentar a la mesa y que esperase allí por el almuerzo. Faltaba hacer el puré. Carmen no obedeció y preguntó:
–¿Cómo se hace el puré chino? –solo veía un bol sobre la mesada de mármol y un plato con carnes fritas al ajo.
–¡Ah! Ese es el secreto y solo te lo voy a contar si lo probás, sino no puedo contarte nada – contestó.
Carmen cambió la expresión, le gustó el desafió. La madre desde el living escuchó todo, se secó una lágrima que le corría por la mejilla, se levantó del sillón y se dirigió hacia la cocina.
–¿De que están hablando? –preguntó ella.
–Papá va a hacer puré chino, ¿a vos te gusta mami?
–Sí, claro, como no me va a gustar. Es riquísimo. Anda a sentarte a la mesa que yo ya llevo las cosas –indicó la madre con el dedo índice apuntando hacia el living. Miró al esposo y preguntó disimuladamente si había cocinado también para ella.
–Sí –contestó secamente sin mirarla.
Carmen los estaba observando, su rostro volvió a entristecerse. El padre al ver a la hija frunció el ceño y le ordenó que fuera a sentarse a la mesa. Carmen tomó la mano de la madre y juntas fueron hacia el living. A los cinco minutos apareció el padre con un bol lleno de puré humeante y las carnes al ajo con penetrante aroma. Sirvió puré para los tres y le pidió a Carmen que fuera la primera en probarlo.
–Si querés que te cuente los secretos que aprendí en China vas a tener que dejar el plato limpio –dijo el padre.
Carmen no emitió sonido y con el tenedor tomó una pizca, se la llevó a los labios, la degustó y exclamó sonriente:
–¡Es rico papá!
Sin embargo, no quiso comer más. La madre agachó la cabeza y siguió comiendo. Al rato intentando llamar la atención de su hija dijo:
–La verdad que en China saben como hacer un rico puré de papas, ¡es delicioso!
Carmen los observaba. El padre, mirando a la esposa dijo:
–Opino lo mismo, el puré chino es el más rico del mundo.
Ambos se quedaron mirando largo rato. Carmen los observó, tomo otro bocado, y con el puré en la boca exclamó:
–¡Estoy llena!
Al finalizar el almuerzo, el padre se fue de la casa. Regresó por la tarde, cerca de la hora de la cena. Carmen comenzaba a mostrarse débil, llevaba algunos días sin comer. El padre se acercó a la esposa y preguntó si Carmen había comido algo, ella negó moviendo la cabeza.
–¿Quién quiere puré chino que quedó del mediodía? –preguntó el padre en voz alta.
La madre sonrió y con una mirada cómplice contestó:
–Es mejor que lo coma Carmen así puede conocer la historia.
Carmen lo escuchó y desde su habitación gritó:
–¡Yo papá!
Cuando el padre se dirigía hacia la cocina, la esposa lo tomó de la mano y preguntó:
–¿Puedo ayudarte?
–Sí, si vos querés.
Carmen, salió de la habitación donde estaba jugando, vio que los padres estaban hablando tomados de la mano, se le dibujó una sonrisa y corrió hacia ellos, se colgó de las manos entrelazadas y se hamacó. La levantaron por el aire, luego el padre la alzó sobre sus hombros y los tres fueron hacia la cocina.
Carmen tenía otra cara, comió todo el puré chino y una milanesa. Los padres la abrazaron y la llenaron de besos. La pequeña disfrutó.
–Bueno, ahora que comiste todo te voy a contar algunas cosas pero no todas, para saber todo vas a tener que seguir comiendo –dijo el padre y como si estuviera dando una clase de historia continuó relatando–. La papa fue llevada de América a Europa por los españoles hace muchos, muchos años. Así se convirtió en un alimento básico en todo el mundo y muchos países como por ejemplo Rusia, Polonia y Alemania comenzaron a comer mucha papa.
Carmen seguía prestándole mucha atención, él continuó contando:
–Ahora, en estos años, el país donde más comen papa es en China –el padre hizo un gesto con las manos–, ¿y eso sabes por qué hija?, por el puré chino.
Carmen se puso ansiosa y quería saber el por qué de todo, necesitaba detalles. Se quedaron por largo rato los tres sentados a la mesa conversando. Cuando el padre finalizó la historia, Carmen con cara triste preguntó:
–¿Papi, algún día vas a volver a ir a China?
–No, no hija –contestó mirando a la esposa.
Todos se fueron a dormir. Al rato de estar acostados Carmen se dirigió a la habitación de los padres y pidió dormir junto a ellos. Le hicieron un lugar en el medio de la cama y ella rápidamente lo ocupó. Con los ojitos brillosos sonrió y se durmió feliz.
Al otro día el padre no se fue de la casa después del almuerzo como lo hacia últimamente y la madre dejó de tejer, los tres siguieron hablando de China y todo lo que había aprendido el padre como cocinero. Carmen había almorzado todo lo que le sirvieron, viendo a sus papás hablando, cercanos el uno al otro, se le había abierto el apetito. Fueron unos exquisitos mostacholes con salsa de tomate, también cocinados por el padre.
Por la tarde mientras Carmen jugaba, el padre se sentó al lado de su esposa, le tomó la mano y dijo:
–Estuve meditando sobre nosotros, quiero pedirte perdón.
Ella lo besó con emoción, mientras que Carmen los espiaba desde la otra punta del living. Al ver al padre acariciando a la madre corrió a abrazarlos y dijo:
–Tengo hambre, ¿cuándo comemos?
Los padres rieron a carcajadas pensando que la historia del puré chino había resultado muy útil.

lunes, 19 de febrero de 2007

Miedo a los bichos repugnantes

Realmente ya no me preocupa recordar mi pasado, seguramente la naturaleza de este olvido debe tener una causa. Si los médicos no mejoran mi estado, seguro que un psicólogo si; igualmente no voy a tener contacto con ninguno de esos dos tipos de profesionales; cuestiones personales, el miedo a caer en la trampa, siempre te encuentran algo, de eso dependen ellos, de encontrar trastornos en la gente. Hoy decidí bañarme, aunque el agua fría no me reconforta. Cuando desperté esta mañana el olor que tenía mi cuerpo me hizo dudar sobre donde había pasado la noche, quizás dormí dentro de un frasco de picles y algún alma se apiado de mi infortunio llevándome a la cama minutos antes que despertara, evidentemente no pudo evitar que el olor a vinagre haya quedado impregnado en mi cuerpo. Cuando terminé, mi cuerpo olía a limpio, me seque con la toalla que estaba allí, colgada en ese perchero… ¿perchero?, bueno, colgada en una pared del baño. Mientras me secaba mire el retrete, tenia la tapa abierta. Entre la tapa y el retrete se encuentra ese anillo o tabla que sirve para apoyar parte de las nalgas y parte de las piernas de manera que todo lo que se evacúa se deposite en el lugar correcto. Me pregunto ¿para que sirve esa parte intermedia?, el propósito de la tapa queda claro, pero ese anillo ¿que función cumple? Si pensamos que es la parte higiénica, limpia o pura que aisla la suciedad, estamos equivocados. Piensen unos instantes en que las cosas están limpias porque las limpiamos, del mismo modo que limpiamos ese anillo podemos limpiar la parte del retrete que sirve de apoyo a dicha tabla. Bueno, quizás yo no lo entienda. Igualmente el punto que quería tratar es mi miedo a sentarme en el retrete. No se si a ustedes también les sucede lo mismo, diríamos que es una sensación de inseguridad. Siempre desconfié de ese agujero lleno de agua que se ve en el fondo del retrete. ¿Dónde va a parar todo?, ¿que tipo de alimañas o bichos residen allí dentro? Imagínense, siempre uno se encuentra en una posición tranquila, indiferente, descuidada, sin pensar que algún día uno de esos bichos puede decidir salir a buscar la fuente de su alimento. Y peor me pongo si pienso que esas alimañas pueden tener dientes. Espero que mi destino nunca me permita experimentar un ataque de semejante bicho asqueroso. Siempre dejo que corra agua por el desagüe antes de sentarme, tres o cuatro veces, creo que es suficiente para empujar a cualquier bicho curioso hacia el fondo, creo que de esa manera le tomará mas trabajo subir y mientras tanto que el repugnante bicho reanuda la subida yo puedo evacuar rápidamente mis excrementos. Después vuelvo a dejar correr agua por el desagüe tres o cuatro veces y como para estar seguro que nunca va a salir, cierro la tapa del retrete, y por si eso no fuera suficiente para contener a esa clase de bicho, le pongo una planta encima, una que tiene unas margaritas amarillas.

viernes, 16 de febrero de 2007

Revento como un sapo

Si supieran lo molesto que es no recordar nada. Hoy a la tarde salí a la calle sin rumbo definido, tampoco hubiera podido definirlo. Después de atravesar la ultima puerta me encontré con un quiosco de revistas; me acerque y me quede mirando al tipo que estaba dentro de ese recinto, ¿cómo cuernos se llama?, ¿quiosco? Me saludó, obviamente me conocía y obviamente yo no. Para disimular lo saludé y me puse a mirar las revistas. En ese mismo momento me percate que estaba en medias, unas de toalla negra. Bueno, en definitiva ya estaba allí. Me llamó la atención un diario, no por el color amarillo estridente, sino por la noticia de tapa: “Reventó como un sapo”. No quería moverme, me daba vergüenza estar en camiseta, pantalón de piyama de verano, esos que son cortos, que parecen un calzoncillo, y en medias; el señor, ese que me saludó, el que aparentemente atendía, se ve que se dio cuenta que me había interesado saber mas sobre ese titular y me lo alcanzó. Directamente busque la página 163 donde se detallaba la noticia. Intente figurarme como es reventar como un sapo y me imaginaba al pobre batracio inflado con aire, con los ojos desorbitados a punto de estallar, cosa horrible. Igualmente, infiriéndolo del titular, no había sido un sapo el que reventó. Comencé a leer: Ramón Guirlacio había muerto por explosión espontánea. Seguí leyendo. Ese tipo, Ramón, decía la nota, era un tipo cerrado, sumiso. La investigación a cargo de la división de criminología de la policía había llegado a la conclusión que había muerto por obediente. Aparentemente un testigo había declarado que el carácter de Ramón no lo ayudaba. Había unas fotos de la escena del crimen espantosas, pedazos de Ramón dispersos por toda la habitación. Bueno, supuse que esos eran los restos de Ramón influido por las aclaraciones de la foto, yo a Ramón no lo conocía, no conozco a nadie. Seguí leyendo, la intriga de saber por qué había explotado me hizo llegar a la parte de la nota donde se explicaba las causas del tal horroroso deceso. Ramón tenía serios problemas fisiológicos derivados de su carácter. Su novia, después su mujer, le tenía terminantemente prohibido expulsar los gases intestinales por el ano, argumentando que eso era una actitud ordinaria y destinada a personas de poca educación. La flatulencia lo termino matando, dijo el comisario a cargo de la investigación. No quise seguir leyendo, pensé en el esnobismo de la mujer de Ramón y me la imagine defecando. Que enfermedad la de Ramón, pobre diría mi madre, mas que nada por haberse aguantado a semejante pelotuda, claro pero quizás nunca se dio cuenta. Le deje el diario, le agradecí, me di media vuelta y volví a entrar a, lo que suponía, era mi casa, tenia necesidad de escribir en la computadora. De una cosa estoy seguro, yo no me voy a prohibir nunca eso que terminó matando a Ramón.

jueves, 15 de febrero de 2007

No me acuerdo de nada

Por lo que puedo leer ya hace más de un mes que no escribo. Si solo fuera que no escribo hace mas de un mes y nada más. Ahora estoy frente a una maquina; por lo que siento, no es mía. Maquina, me refiero a una computadora personal, no a otra cosa. Me levanto de la silla, quiero dar una vuelta y recorrer este lugar, que al parecer es un departamento. Ya está, ¡perdón! Sí, es un departamento; por lo que huelo y por lo que veo, pareciera que hace bastante tiempo que no se limpia, ni tampoco se ventila. Ventila, me refiero a que corra aire puro; puro me refiero al aire que circula fuera de este recinto oscuro, ese aire que viene de afuera; puro no queda nada, nada de nada. Que sensación de mierda, no me acuerdo nada, ni tengo ganas de acordarme nada. Esas camas que veo, dejan dormir a más de una persona: ¿Dónde mierda estoy? En tal caso, según la lógica tradicional o quizás según el sentido común ¿Dónde están los demás? Mejor dejo de escribir, me pongo a entender que es todo esto. Lo que me queda claro es que: este es un blog; por la foto que veo, y siguiendo nuevamente el sentido común, es un blog que escribo yo; me gusta escribir; estaba escribiendo un cuento.

viernes, 12 de enero de 2007

Nuevo Cuento

Gente, ya tengo el tema para mi próximo cuento: "La excepción de la regla". Trata de una persona y su miedo a la muerte. Ese temor se concentra por las noches; cuando Ramon Artiaga se recuesta en su cama para trata de conciliar el sueño, un miedo perturbador lo desvela, vive cada noche luchando contra su propio miedo.
Creo que para febrero voy a tener terminada la primer versión "presentable", ya tengo armado el personaje, los argumentos y el final, así que solo resta sentarse, escribirlo, y como ya aprendí: horas y horas de corrección. Así que, aquellos que tengan una opinión, espero la vuelquen en el blog.

jueves, 11 de enero de 2007

Mi primer cuento

"El caso de Victor Diendi" fue mi primer cuento. Sin dudas tengo un aprecio especial por este personaje, fue mi primer personaje. La primer versión, según el coordinador del taller que cursaba en ese momento, no se encuadra en el genero de cuento, por cuestiones conceptuales. Después hice otra versión donde intente transformar una narración en un cuento, la verdad, tampoco gusto en el taller, pero termino siendo un texto que se puede ver como un cuento.

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Primer Version
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El caso de Victor Diendi
por Javier Ameghino


Nadie entraba al bar de la esquina de Alsina y San José. Ni siquiera esas personas que por el sólo hecho de tener frío se detienen a tomar un café. Víctor Diendi, como era habitual, llegó a las siete y media de la mañana. Era el único mozo que ostentaba ese cuchitril. Era enjuto, cara angulosa, humilde y buen tipo. Atendía a la gente con mucho esmero. Siempre una sonrisa y el buen trato, algo común de las personas que se crían en el campo.

Trabajaba allí para sobrevivir pero su verdadera pasión era la pintura. Tenía éxito con los cuadros que pintaba. Había expuesto muchas de sus obras en diferentes galerías de arte. Su estilo cautivaba a cualquier persona.

A las once de la mañana, comenzaron a entrar clientes al bar. Al rato Víctor notó que alguien, desconocido hasta ese momento, había ocupado la mesa del fondo. Era un hombre bastante gordo; pelo largo y descuidado; remera negra, de unos tres talles menos que hacían que la barriga quedara aprisionada y sin escapatoria; un jean mugriento; zapatos de cuero negro, sin medias; una pulsera de oro en la muñeca izquierda, muy gruesa; y en la mano derecha un anillo con una piedra muy parecida a un rubí.

El fulano levantó la mano. Víctor detectó el movimiento, apuró el paso y escuchó su pedido. Al mismo tiempo que le prestaba atención, Víctor observó un bolso entreabierto que estaba apoyado en el piso. Pudo advertir que contenía dinero, al parecer una suma muy importante, de muchos miles de pesos. El fulano ordenó de forma lacónica su desayuno, café con leche con tres medias lunas, y se quedó mirándolo expectante.

Víctor no podía salir del asombro. Se acercó a la barra a pedirle al patrón el café con leche y mientras preparaba el resto del pedido elucubró varias hipótesis sobre el dinero. Se preguntaba si seria un ladrón que recién había terminado su asechanza, o quizás seria un delincuente de los que intentan sobornar a alguien para seguir con sus andadas, o simplemente un maleante ostentando su botín.

Víctor nuevamente se acercó al fulano, de la bandeja que sostenía con su temblorosa mano derecha, tomo el pedido y lo coloco sobre la mesa. Si algo de lo que había imaginado era verdad, ese fulano no era una buena persona y menos buena iba a ser si detectaba que el mozo lo estaba escudriñando. Decidió olvidarse y seguir con las tareas del bar.

A los veinte minutos, entró con paso firme un nuevo cliente. Se dirigió a la mesa donde estaba el fulano terminando su última medialuna. El mengano estiró la mano hacia el fulano, Víctor observó el gesto y supuso que seria un saludo. Fulano ni se molestó por estirar alguno de sus brazos ocupados en la finalización del banquete. Mengano esperó como tres segundos, bajó el brazo y se sentó. Víctor no sabía que hacer, en ese momento hubiese preferido estar en su casa pintando un cuadro. A los cinco minutos, mengano hablaba sin pausa. La cara de fulano era de piedra, tenía la mirada fija en los ojos de mengano. Víctor se decidió, se acercó a la mesa y los miró. Mengano, con la frente sudorosa, le indicó que no consumiría nada, que solo necesitaba conversar cinco minutos y se marcharía. Víctor, más diplomático que nunca, utilizó reverencias en señal de asentimiento y con paso apurado se marchó hacia el frente del local. Fulano dirigió la mirada hacia mengano, le comentó que antes de continuar hablando debía asegurarse, utilizando el código secreto, si era la persona que él estaba esperando. Fulano exclamó la palabra ocho, acto seguido, mengano balbuceó cuatro. Fulano tomó el bolso del piso, lo colocó sobre la mesa y le dijo que de no haber contestado eso hubiera muerto; señaló afuera del bar, apuntando con uno de sus rollizos dedos, a tres sujetos de su idéntica calaña que se encontraban dentro de un auto estacionado. Esos eran los sicarios contratados por fulano para sentirse seguro, sin ellos el trabajo que realizaba no estaba a salvo. Mengano tomó el bolso, lo abrió y observó el contenido. Miró a fulano y lo felicitó de una manera muy cordial y respetuosa. Fulano gruñó unas pocas palabras aludiendo una buena semana, y haciendo referencia a la mafia a la que pertenecían cerró la conversación. Mengano tomó, del fajo que estaba a su alcance, un billete de cien pesos y lo dejó sobre la mesa, le indicó a fulano que dejaba la propina. Víctor, sin quererlo, escuchó casi toda la conversación. Una palabra de todas las que se habían dicho lo hizo temblar: mafia. Otras tres lo hicieron cavilar: código, ocho, cuatro.

Mengano se fue, pasó por al lado de Víctor y lo saludó haciendo un movimiento de cabeza. Al poco rato, fulano se levantó y fue hacia la puerta de salida. Dejó el bar.

Víctor se dirigió hacia la mesa, levantó todo lo que había en ella pensando que debía hacerse cargo de lo consumido cuando encontró debajo de la taza el billete de cien pesos. No sabía que hacer, pensó que había sido un descuido de fulano. No vaciló. Se guardó el dinero. Esa noche invitó a su mujer y a su madre al cine.

A la semana siguiente, el mismo día y casi la misma hora, fulano entró al bar y ocupó la misma mesa. Víctor advirtió nuevamente el bolso. Como había hecho siete días atrás, se acercó y le preguntó que deseaba ordenar. Fulano, nuevamente de forma tajante, ordenó café con leche con tres medias lunas. Todo parecía repetirse aunque algo cambió, mengano no era el mismo mengano de la vez anterior. Víctor no titubeó, se acercó y mirando a mengano preguntó si deseaba ordenar algo. Mengano contestó, reposado, que solo se quedaría unos minutos. Al poco rato, fulano exclamó la palabra veinticuatro. Víctor, en la otra punta del bar, balbuceó doce al tiempo que mengano contestó lo mismo. Fulano le entregó el bolso. Mengano tomó cien pesos y los dejó sobre la mesa, hizo referencia a que invitaba el desayuno. Mengano salió sonriente, fulano sin expresión en el rostro.

El bar cerró y con ese acto la jornada laboral finalizó. Víctor, nuevamente con noventa y cinco pesos más en su bolsillo se dirigió a la parada del colectivo. Caminó a su casa, reflexionó largamente. El código parecía muy sencillo, algo estaba mal. No lograba entenderlo. Semejante suma de dinero no podía estar asociada a algo fácil de descubrir. Decidió esperar siete días más para verificar que estaba equivocado. En ese mismo momento la tentación comenzó a cautivarlo.

Pasó otra semana. Víctor desde temprano se sentía inquieto. Miraba a cada persona que entraba al bar. Apareció fulano y se dirigió a la misma mesa. Víctor caminó hacia allí, con disimulo observó el bolso, dijo en tono de pregunta si deseaba ordenar café con leche y tres medialunas. Fulano gesticuló un sí. Víctor se dirigió hacia la barra, a los pocos pasos escuchó a fulano que lo llamaba. Giró la cabeza, fulano le pidió que se acercara. Víctor no pudo disimular su sorpresa. Pensando que había percatado su forma de observar el bolso, le preguntó si necesitaba algo más. Fulano lo miró y cuestionó su desagradecimiento, siempre dejaba un billete de cien pesos y nunca había recibido gratitud por semejante propina. Víctor se aflojó, con elocuencia contó lo que había hecho con el dinero. Le agradeció infinitamente y le comentó que había pasado a ser su cliente preferido y que esta vez, su habitual desayuno era cortesía de la casa. Se alejó con la camisa húmeda de transpiración.

Entró un cliente al bar, miró hacia ambos lado, y observó la mesa del fondo. Era un mengano diferente al mengano de la semana pasada y al de quince días atrás. Se acercó a la mesa, fulano levantó la cabeza y no lo saludó. Mengano bajó el brazo y se sentó. En la mesa sucedió lo mismo de siempre. Al cabo de cinco minutos fulano profirió la palabra catorce, Víctor observó todo, parecía como si fuera una gran foto, por un instante solo escuchó a su corazón galopar. Por dentro gritó siete. Esperó uno, dos, tres, cuatro, cinco segundos y mengano, con cierta calma también contestó siete. Víctor se restregó los ojos, no podía creer lo que había visto, fulano le había entregado a mengano el bolso con el dinero. Otra vez, acertó la respuesta. Con sus manos temblorosas y su rostro pálido no pudo servirse un vaso de agua. Fue al baño a lavarse la cara. Cuando salió, la mesa se encontraba vacía. Se acercó, y levantó la taza de café con leche, los cien pesos estaban allí.

Víctor recordó, hasta los mínimos detalles de cada ocasión. No podía entender como existía un código tan fácil de descifrar. Volvió en colectivo a su casa, sin dejar de pensar en lo que pasaría si tuviera un bolso lleno de dinero. Pensó en cancelar las deudas, montar un taller de pintura y vivir del arte, comprar una casa, tener su propio coche. El automóvil hizo que su mente recordara su infancia, los paseos del domingo, su padre, su madre. La familia le hizo pensar en la educación que había recibido, eran correctos, donde el dinero provenía del trabajo. El dinero le recordó la sustanciosa propina que siempre dejaba fulano, no quería arruinarlo todo. Se acostó y dejó que la tentación hiciera lo suyo.

A los siete días, el patrón del bar se extrañó por la ausencia de Víctor. A los pocos minutos, sonó el teléfono. Víctor acusó una fuerte gripe. Decidió quedarse en su casa para descansar.

A la misma hora que siempre, entró fulano con su bolso. El patrón se acercó a la mesa y escuchó el pedido habitual.

Entró un cliente al bar y se dirigió hacia la mesa del fondo. Era un mengano diferente de todos los menganos que se habían reunido antes allí, tenía grandes bigotes y anteojos negros. Fulano profirió una queja. Le hizo saber que no le gustaba la gente que llegaba mas temprano de lo acordado. Este mengano era silencioso. Tomó asiento y con sus pies examinó el bolso que se encontraba en el piso.

Todavía no tenía su desayuno servido cuando fulano vociferó la palabra veinte. Con disimulo mengano colocó su mano derecha en el bolsillo de su tapado y luego tartamudeó la palabra seis. En el preciso instante que terminó de decirla se puso de pie. Su frente se había llenado de transpiración. Giró la cabeza y observó que los sicarios seguían en el auto. Fulano lo miró con su rostro transformado. Empujó la silla hacia atrás. Dirigió la mirada hacia mengano y exclamó que había ordenado café con leche con tres medialunas, a lo que el patrón contestó, detrás de mengano, que rápidamente solucionaría el inconveniente. Fulano le entregó el bolso. Mengano sacó un billete de cien pesos y lo dejó sobre la mesa. Salió del bar velozmente. Cruzó la calle y caminó hacia la esquina. Tomó un taxi, le indicó que deseaba ir a la estación Terminal de ómnibus de Retiro. Se quitó los anteojos, se despegó el bigote y sonrió. Al cabo de quince minutos bajó del taxi con el bolso en la mano. Se dirigió hacia la Terminal cuarenta. Allí una bella mujer exclamó el nombre Víctor. Él buscó, entre toda la gente, el lugar de donde había surgido esa palabra. Cuando la vio, corrió hacia ella. La abrazó y la besó. Antes de subir al ómnibus Víctor observó en un cartel la palabra taxi, la deletreó, y pensó que si en aquella primera oportunidad fulano hubiese dicho esa palabra en lugar de ocho, mengano también habría contestado cuatro.

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Segunda Version
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El caso de Victor Diendi

por Javier Ameghino. Noviembre 2006

Nadie entraba al bar de la esquina de San José y Alsina. Ni siquiera esas personas que por el sólo hecho de tener frío se detienen a tomar un café. Víctor Diendi, como era habitual, llegó a las siete y media de la mañana. Era el único mozo que ostentaba ese cuchitril. Era enjuto, de cara angulosa, humilde y un buen tipo. Trabajaba allí para sobrevivir pero su verdadera pasión era la pintura. Siempre soñó con tener éxito con los cuadros que pintaba pero hacia tiempo que había perdido la esperanza de poder cumplirlo. Buscaba justificarse en la edad, aseguraba que si hubiese tenido veinticinco años menos todo habría sido muy diferente.

A las once de la mañana Víctor notó que alguien había ocupado la mesa del fondo. Era un hombre bastante gordo; pelo largo y descuidado; remera negra, de unos tres talles menos que hacían que la barriga quedara aprisionada y sin escapatoria; un jean mugriento; zapatos de cuero negro, sin medias; una pulsera de oro en la muñeca izquierda, muy gruesa; y en la mano derecha un anillo con una piedra color rojo.

Víctor vio que el Fulano levantó la mano, apuró el paso y escuchó su pedido. Puso todo su empeño para parecer de buen humor. Al mismo tiempo que le prestaba atención, Víctor observó un bolso entreabierto que estaba apoyado en el piso. Pudo advertir que contenía dinero, al parecer una suma muy importante. El Fulano ordenó de forma lacónica su desayuno, café con leche con tres medias lunas, y se quedó mirándolo expectante. Víctor no podía salir del asombro. Elucubró varias hipótesis sobre el bolso. Se preguntaba si sería un ladrón ostentando dinero robado o un delincuente de los que intentan sobornar a alguien para seguir con sus andadas. Si algo de lo que había imaginado era verdad, ese Fulano no era una buena persona y menos buena iba a ser si detectaba que el mozo lo estaba escudriñando. Decidió olvidarse, ya tenía bastante con sus problemas. Continuó con las tareas del bar.

A los veinte minutos, Víctor advirtió que un nuevo cliente había entrado al bar; esbozó una sonrisa, esa situación no se daba hacia mucho tiempo, dos clientes en menos de una hora. El Mengano se dirigió a la mesa donde estaba Fulano terminando su última medialuna y se sentó. A los pocos minutos, Víctor escuchó a Fulano decir que debía asegurarse si ese Mengano era a quien estaba esperando. Fulano exclamó la palabra ocho, acto seguido, Mengano balbuceó cuatro. Fulano tomó el bolso del piso, lo colocó sobre la mesa; Mengano lo agarró y se fue.

Dos palabras de toda la conversación hicieron cavilar a Víctor: ocho y cuatro.

Al fin del día, camino a su hogar, Víctor reflexionó largamente todo lo que había visto y escuchado en el bar. Llegó a su casa. Notó que su demacrado perro ya ni ladraba. Le dio pena, lo acarició pensando que con la primera propina que lograse compraría unos huesos en la carnicería; como si fuera un humano, Víctor le pidió disculpas, sabia que el animal no tenia la culpa. Pisando las piedras para no embarrarse los zapatos, entró a su casa. La mujer lo estaba esperando con la cena, un plato de sopa. Mientras que ella tomaba unos mates, Víctor le contó todo lo que había sucedido ese día.

Se fueron a dormir. La mujer se quedó muy preocupada por los dichos de Víctor. Tenía miedo que la situación por la que estaban pasando estuviera haciéndole mal. No creía nada de lo que él le había contado. No pudo conciliar el sueño en toda la noche.

A la semana siguiente, el mismo día y casi la misma hora, Víctor observó a Fulano entrando al bar y advirtió nuevamente el bolso. Toda la escena parecía repetirse, aunque algo había cambiado, Mengano no era el mismo Mengano de la vez anterior. Al poco rato, escuchó a Fulano exclamar la palabra veinticuatro, y dejándose llevar por lo que había acontecido siete días atrás, balbuceó doce al tiempo que Mengano contestó lo mismo. Fulano le entregó el bolso a Mengano.

A la noche, el bar cerró y Víctor se fue para su casa. Pensó en los números que Fulano preguntaba y la relación que estos tenían con lo que contestaba Mengano. Era sospechoso que la respuesta fuese algo tan sencillo de averiguar. Semejante suma de dinero no podía estar asociada a algo fácil de descubrir. En ese mismo momento la tentación comenzó a cautivarlo.

Cuando llegó a su hogar le contó otra vez a su mujer, mientras tomaba sopa, todo lo que había sucedido ese día. Ella no quiso seguir tomando mate, le dio las buenas noches y se fue a dormir. Víctor le preguntó si se sentía mal, ella le contestó que estaba cansada y que al otro día se tenía que levantar muy temprano para ir a trabajar. Hacía tareas domésticas en varias casas. Se quedo pensando mientras intentaba dormir. No le creía nada.

Pasó otra semana. Víctor desde temprano se sentía inquieto. Miraba a cada persona que pasaba por la puerta del bar. Al poco tiempo vio aparecer a Fulano. Este se dirigió una vez mas a la mesa del fondo. Víctor caminó hacia allí, con disimulo observó el bolso. A los quince minutos notó que otro cliente entró al bar. Era un Mengano diferente al Mengano de la semana pasada y al de quince días atrás. Se acercó a la mesa donde estaba Fulano y se sentó. Sucedió lo mismo de siempre. Al cabo de cinco minutos Fulano profirió la palabra catorce, Víctor observó todo, parecía como si fuera una gran foto, por un instante solo escuchó a su corazón galopar. Por dentro gritó siete. Esperó uno, dos, tres, cuatro, cinco segundos y Mengano, con cierta calma, también contestó siete. Víctor se restregó los ojos, no podía creer lo que estaba viendo, nuevamente Mengano se llevaba el bolso.

Víctor recordó hasta los mínimos detalles de cada ocasión. No podía entender como existía algo tan fácil de descifrar. Volvió a su casa en colectivo, sin dejar de pensar en lo que pasaría si tuviera un bolso lleno de dinero. Pensó en cancelar las deudas y vivir una vida mas tranquila. Pensó que quizás podría montar un taller de pintura. Se puso eufórico.

A los siete días, el patrón del bar se extrañó por la tardanza del único mozo. A los pocos minutos sonó el teléfono. Víctor acusó una fuerte gripe, decidió quedarse en su casa para descansar.

Entró un cliente al bar y se dirigió hacia la mesa del fondo. Era un Mengano diferente de todos los Menganos que se habían reunido antes allí, tenía grandes bigotes y anteojos negros. Fulano profirió una queja. Le hizo saber que no le gustaba la gente que llegaba mas temprano de lo acordado. Este Mengano era silencioso. Tomó asiento y con sus pies tanteó el bolso que se encontraba en el piso. Fulano vociferó la palabra veinte. Mengano tartamudeó la palabra seis. En el preciso instante que terminó de decirla se puso de pie. Su frente se había llenado de transpiración. Fulano le entregó el bolso.

Mengano salió del bar velozmente. Cruzó la calle y caminó hacia la esquina. Tomó el colectivo, le indicó que deseaba ir a la estación Terminal de ómnibus. Se quitó los anteojos, se despegó el bigote y sonrió. Al cabo de quince minutos bajó del colectivo con el bolso en la mano. Buscó entre toda la gente que se encontraba en el lugar y no vio a su mujer. Comenzó a ponerse nervioso, sentía mucha bronca. Esperó media hora y su mujer no llegó. Con enfado tomó un taxi. Llegó a su casa, bajo corriendo del automóvil, entró violentamente y maldijo a su mujer, la maltrató. Ella estaba por salir a trabajar, no entendía nada de lo que le estaba sucediendo, le pidió a Víctor que se calmara, que la tratara sin violencia. El no dejaba de gruñir, le exigió explicaciones, quería saber por qué no había ido a la estación, tenían que escaparse antes que descubrieran donde vivían. Le explicó a su mujer que había sido muy simple obtener el bolso, tan solo era contar la cantidad de letras que tenía la palabra, rió a carcajadas. Ella se aterrorizó, no entendía nada de lo que Víctor decía. Corrió a llamar a un médico. Al mismo tiempo que ella buscaba el número telefónico, Víctor se percató que no tenia el bolso, miró a su alrededor desconcertado, no lo vio. Recordó el taxi que había dejado en la puerta. Corrió hacia la calle. El taxi se había ido. Víctor comenzó a llorar, se desplomó contra el suelo chillando.

Víctor terminó internado con una crisis nerviosa muy grave.

A los cuatro días se presentó un extraño en casa de Víctor. La mujer lo atendió apurada porque se tenía que ir a trabajar. El visitante era un taxista que buscaba al pasajero que había olvidado un bolso en su automóvil. Se disculpó por no haber venido antes. La mujer de Víctor asombrada tomo el bolso y agradeció al extraño. Cerró la puerta y lo abrió aturdida. Notó que había carpetas con hojas escritas a máquina. No entendió que tipo de escritos eran pero de algo estaba segura, eso no era dinero. Pensó en la frágil salud de Víctor, dejó el bolso en la calle, en el lugar donde se deja la basura. Nada de lo que contenía el bolso los salvaría. Se fue a trabajar con la sensación de cargar el peso del mundo sobre sus espaldas.

Llegó a la casa donde trabajaba por las mañanas. Mientras limpiaba la cocina observó el diario. Decidió buscar, en la sección de empleos, un trabajo adicional, necesitaba ganar más dinero. Cuando pasaba la segunda página, observó una solicitada que le llamó la atención. La misma hacia referencia a una recompensa de diez mil pesos para aquel que devolviera un bolso, de idénticas características al bolso que Víctor, gracias a los números y a ese chofer de taxi, había conseguido. La solicitada continuaba haciendo referencia al contenido, eran documentos muy importantes para quien los había extraviado. También se daban detalles de la zona donde se había perdido, hacia referencia a las calles Alsina y San José.

La mujer de Víctor comenzó a llorar, se desplomó contra el suelo chillando…