jueves, 11 de enero de 2007

Mi primer cuento

"El caso de Victor Diendi" fue mi primer cuento. Sin dudas tengo un aprecio especial por este personaje, fue mi primer personaje. La primer versión, según el coordinador del taller que cursaba en ese momento, no se encuadra en el genero de cuento, por cuestiones conceptuales. Después hice otra versión donde intente transformar una narración en un cuento, la verdad, tampoco gusto en el taller, pero termino siendo un texto que se puede ver como un cuento.

------------------------------------------------------------------------------------
Primer Version
------------------------------------------------------------------------------------
El caso de Victor Diendi
por Javier Ameghino


Nadie entraba al bar de la esquina de Alsina y San José. Ni siquiera esas personas que por el sólo hecho de tener frío se detienen a tomar un café. Víctor Diendi, como era habitual, llegó a las siete y media de la mañana. Era el único mozo que ostentaba ese cuchitril. Era enjuto, cara angulosa, humilde y buen tipo. Atendía a la gente con mucho esmero. Siempre una sonrisa y el buen trato, algo común de las personas que se crían en el campo.

Trabajaba allí para sobrevivir pero su verdadera pasión era la pintura. Tenía éxito con los cuadros que pintaba. Había expuesto muchas de sus obras en diferentes galerías de arte. Su estilo cautivaba a cualquier persona.

A las once de la mañana, comenzaron a entrar clientes al bar. Al rato Víctor notó que alguien, desconocido hasta ese momento, había ocupado la mesa del fondo. Era un hombre bastante gordo; pelo largo y descuidado; remera negra, de unos tres talles menos que hacían que la barriga quedara aprisionada y sin escapatoria; un jean mugriento; zapatos de cuero negro, sin medias; una pulsera de oro en la muñeca izquierda, muy gruesa; y en la mano derecha un anillo con una piedra muy parecida a un rubí.

El fulano levantó la mano. Víctor detectó el movimiento, apuró el paso y escuchó su pedido. Al mismo tiempo que le prestaba atención, Víctor observó un bolso entreabierto que estaba apoyado en el piso. Pudo advertir que contenía dinero, al parecer una suma muy importante, de muchos miles de pesos. El fulano ordenó de forma lacónica su desayuno, café con leche con tres medias lunas, y se quedó mirándolo expectante.

Víctor no podía salir del asombro. Se acercó a la barra a pedirle al patrón el café con leche y mientras preparaba el resto del pedido elucubró varias hipótesis sobre el dinero. Se preguntaba si seria un ladrón que recién había terminado su asechanza, o quizás seria un delincuente de los que intentan sobornar a alguien para seguir con sus andadas, o simplemente un maleante ostentando su botín.

Víctor nuevamente se acercó al fulano, de la bandeja que sostenía con su temblorosa mano derecha, tomo el pedido y lo coloco sobre la mesa. Si algo de lo que había imaginado era verdad, ese fulano no era una buena persona y menos buena iba a ser si detectaba que el mozo lo estaba escudriñando. Decidió olvidarse y seguir con las tareas del bar.

A los veinte minutos, entró con paso firme un nuevo cliente. Se dirigió a la mesa donde estaba el fulano terminando su última medialuna. El mengano estiró la mano hacia el fulano, Víctor observó el gesto y supuso que seria un saludo. Fulano ni se molestó por estirar alguno de sus brazos ocupados en la finalización del banquete. Mengano esperó como tres segundos, bajó el brazo y se sentó. Víctor no sabía que hacer, en ese momento hubiese preferido estar en su casa pintando un cuadro. A los cinco minutos, mengano hablaba sin pausa. La cara de fulano era de piedra, tenía la mirada fija en los ojos de mengano. Víctor se decidió, se acercó a la mesa y los miró. Mengano, con la frente sudorosa, le indicó que no consumiría nada, que solo necesitaba conversar cinco minutos y se marcharía. Víctor, más diplomático que nunca, utilizó reverencias en señal de asentimiento y con paso apurado se marchó hacia el frente del local. Fulano dirigió la mirada hacia mengano, le comentó que antes de continuar hablando debía asegurarse, utilizando el código secreto, si era la persona que él estaba esperando. Fulano exclamó la palabra ocho, acto seguido, mengano balbuceó cuatro. Fulano tomó el bolso del piso, lo colocó sobre la mesa y le dijo que de no haber contestado eso hubiera muerto; señaló afuera del bar, apuntando con uno de sus rollizos dedos, a tres sujetos de su idéntica calaña que se encontraban dentro de un auto estacionado. Esos eran los sicarios contratados por fulano para sentirse seguro, sin ellos el trabajo que realizaba no estaba a salvo. Mengano tomó el bolso, lo abrió y observó el contenido. Miró a fulano y lo felicitó de una manera muy cordial y respetuosa. Fulano gruñó unas pocas palabras aludiendo una buena semana, y haciendo referencia a la mafia a la que pertenecían cerró la conversación. Mengano tomó, del fajo que estaba a su alcance, un billete de cien pesos y lo dejó sobre la mesa, le indicó a fulano que dejaba la propina. Víctor, sin quererlo, escuchó casi toda la conversación. Una palabra de todas las que se habían dicho lo hizo temblar: mafia. Otras tres lo hicieron cavilar: código, ocho, cuatro.

Mengano se fue, pasó por al lado de Víctor y lo saludó haciendo un movimiento de cabeza. Al poco rato, fulano se levantó y fue hacia la puerta de salida. Dejó el bar.

Víctor se dirigió hacia la mesa, levantó todo lo que había en ella pensando que debía hacerse cargo de lo consumido cuando encontró debajo de la taza el billete de cien pesos. No sabía que hacer, pensó que había sido un descuido de fulano. No vaciló. Se guardó el dinero. Esa noche invitó a su mujer y a su madre al cine.

A la semana siguiente, el mismo día y casi la misma hora, fulano entró al bar y ocupó la misma mesa. Víctor advirtió nuevamente el bolso. Como había hecho siete días atrás, se acercó y le preguntó que deseaba ordenar. Fulano, nuevamente de forma tajante, ordenó café con leche con tres medias lunas. Todo parecía repetirse aunque algo cambió, mengano no era el mismo mengano de la vez anterior. Víctor no titubeó, se acercó y mirando a mengano preguntó si deseaba ordenar algo. Mengano contestó, reposado, que solo se quedaría unos minutos. Al poco rato, fulano exclamó la palabra veinticuatro. Víctor, en la otra punta del bar, balbuceó doce al tiempo que mengano contestó lo mismo. Fulano le entregó el bolso. Mengano tomó cien pesos y los dejó sobre la mesa, hizo referencia a que invitaba el desayuno. Mengano salió sonriente, fulano sin expresión en el rostro.

El bar cerró y con ese acto la jornada laboral finalizó. Víctor, nuevamente con noventa y cinco pesos más en su bolsillo se dirigió a la parada del colectivo. Caminó a su casa, reflexionó largamente. El código parecía muy sencillo, algo estaba mal. No lograba entenderlo. Semejante suma de dinero no podía estar asociada a algo fácil de descubrir. Decidió esperar siete días más para verificar que estaba equivocado. En ese mismo momento la tentación comenzó a cautivarlo.

Pasó otra semana. Víctor desde temprano se sentía inquieto. Miraba a cada persona que entraba al bar. Apareció fulano y se dirigió a la misma mesa. Víctor caminó hacia allí, con disimulo observó el bolso, dijo en tono de pregunta si deseaba ordenar café con leche y tres medialunas. Fulano gesticuló un sí. Víctor se dirigió hacia la barra, a los pocos pasos escuchó a fulano que lo llamaba. Giró la cabeza, fulano le pidió que se acercara. Víctor no pudo disimular su sorpresa. Pensando que había percatado su forma de observar el bolso, le preguntó si necesitaba algo más. Fulano lo miró y cuestionó su desagradecimiento, siempre dejaba un billete de cien pesos y nunca había recibido gratitud por semejante propina. Víctor se aflojó, con elocuencia contó lo que había hecho con el dinero. Le agradeció infinitamente y le comentó que había pasado a ser su cliente preferido y que esta vez, su habitual desayuno era cortesía de la casa. Se alejó con la camisa húmeda de transpiración.

Entró un cliente al bar, miró hacia ambos lado, y observó la mesa del fondo. Era un mengano diferente al mengano de la semana pasada y al de quince días atrás. Se acercó a la mesa, fulano levantó la cabeza y no lo saludó. Mengano bajó el brazo y se sentó. En la mesa sucedió lo mismo de siempre. Al cabo de cinco minutos fulano profirió la palabra catorce, Víctor observó todo, parecía como si fuera una gran foto, por un instante solo escuchó a su corazón galopar. Por dentro gritó siete. Esperó uno, dos, tres, cuatro, cinco segundos y mengano, con cierta calma también contestó siete. Víctor se restregó los ojos, no podía creer lo que había visto, fulano le había entregado a mengano el bolso con el dinero. Otra vez, acertó la respuesta. Con sus manos temblorosas y su rostro pálido no pudo servirse un vaso de agua. Fue al baño a lavarse la cara. Cuando salió, la mesa se encontraba vacía. Se acercó, y levantó la taza de café con leche, los cien pesos estaban allí.

Víctor recordó, hasta los mínimos detalles de cada ocasión. No podía entender como existía un código tan fácil de descifrar. Volvió en colectivo a su casa, sin dejar de pensar en lo que pasaría si tuviera un bolso lleno de dinero. Pensó en cancelar las deudas, montar un taller de pintura y vivir del arte, comprar una casa, tener su propio coche. El automóvil hizo que su mente recordara su infancia, los paseos del domingo, su padre, su madre. La familia le hizo pensar en la educación que había recibido, eran correctos, donde el dinero provenía del trabajo. El dinero le recordó la sustanciosa propina que siempre dejaba fulano, no quería arruinarlo todo. Se acostó y dejó que la tentación hiciera lo suyo.

A los siete días, el patrón del bar se extrañó por la ausencia de Víctor. A los pocos minutos, sonó el teléfono. Víctor acusó una fuerte gripe. Decidió quedarse en su casa para descansar.

A la misma hora que siempre, entró fulano con su bolso. El patrón se acercó a la mesa y escuchó el pedido habitual.

Entró un cliente al bar y se dirigió hacia la mesa del fondo. Era un mengano diferente de todos los menganos que se habían reunido antes allí, tenía grandes bigotes y anteojos negros. Fulano profirió una queja. Le hizo saber que no le gustaba la gente que llegaba mas temprano de lo acordado. Este mengano era silencioso. Tomó asiento y con sus pies examinó el bolso que se encontraba en el piso.

Todavía no tenía su desayuno servido cuando fulano vociferó la palabra veinte. Con disimulo mengano colocó su mano derecha en el bolsillo de su tapado y luego tartamudeó la palabra seis. En el preciso instante que terminó de decirla se puso de pie. Su frente se había llenado de transpiración. Giró la cabeza y observó que los sicarios seguían en el auto. Fulano lo miró con su rostro transformado. Empujó la silla hacia atrás. Dirigió la mirada hacia mengano y exclamó que había ordenado café con leche con tres medialunas, a lo que el patrón contestó, detrás de mengano, que rápidamente solucionaría el inconveniente. Fulano le entregó el bolso. Mengano sacó un billete de cien pesos y lo dejó sobre la mesa. Salió del bar velozmente. Cruzó la calle y caminó hacia la esquina. Tomó un taxi, le indicó que deseaba ir a la estación Terminal de ómnibus de Retiro. Se quitó los anteojos, se despegó el bigote y sonrió. Al cabo de quince minutos bajó del taxi con el bolso en la mano. Se dirigió hacia la Terminal cuarenta. Allí una bella mujer exclamó el nombre Víctor. Él buscó, entre toda la gente, el lugar de donde había surgido esa palabra. Cuando la vio, corrió hacia ella. La abrazó y la besó. Antes de subir al ómnibus Víctor observó en un cartel la palabra taxi, la deletreó, y pensó que si en aquella primera oportunidad fulano hubiese dicho esa palabra en lugar de ocho, mengano también habría contestado cuatro.

-------------------------------------------------------------------------------
Segunda Version
-------------------------------------------------------------------------------

El caso de Victor Diendi

por Javier Ameghino. Noviembre 2006

Nadie entraba al bar de la esquina de San José y Alsina. Ni siquiera esas personas que por el sólo hecho de tener frío se detienen a tomar un café. Víctor Diendi, como era habitual, llegó a las siete y media de la mañana. Era el único mozo que ostentaba ese cuchitril. Era enjuto, de cara angulosa, humilde y un buen tipo. Trabajaba allí para sobrevivir pero su verdadera pasión era la pintura. Siempre soñó con tener éxito con los cuadros que pintaba pero hacia tiempo que había perdido la esperanza de poder cumplirlo. Buscaba justificarse en la edad, aseguraba que si hubiese tenido veinticinco años menos todo habría sido muy diferente.

A las once de la mañana Víctor notó que alguien había ocupado la mesa del fondo. Era un hombre bastante gordo; pelo largo y descuidado; remera negra, de unos tres talles menos que hacían que la barriga quedara aprisionada y sin escapatoria; un jean mugriento; zapatos de cuero negro, sin medias; una pulsera de oro en la muñeca izquierda, muy gruesa; y en la mano derecha un anillo con una piedra color rojo.

Víctor vio que el Fulano levantó la mano, apuró el paso y escuchó su pedido. Puso todo su empeño para parecer de buen humor. Al mismo tiempo que le prestaba atención, Víctor observó un bolso entreabierto que estaba apoyado en el piso. Pudo advertir que contenía dinero, al parecer una suma muy importante. El Fulano ordenó de forma lacónica su desayuno, café con leche con tres medias lunas, y se quedó mirándolo expectante. Víctor no podía salir del asombro. Elucubró varias hipótesis sobre el bolso. Se preguntaba si sería un ladrón ostentando dinero robado o un delincuente de los que intentan sobornar a alguien para seguir con sus andadas. Si algo de lo que había imaginado era verdad, ese Fulano no era una buena persona y menos buena iba a ser si detectaba que el mozo lo estaba escudriñando. Decidió olvidarse, ya tenía bastante con sus problemas. Continuó con las tareas del bar.

A los veinte minutos, Víctor advirtió que un nuevo cliente había entrado al bar; esbozó una sonrisa, esa situación no se daba hacia mucho tiempo, dos clientes en menos de una hora. El Mengano se dirigió a la mesa donde estaba Fulano terminando su última medialuna y se sentó. A los pocos minutos, Víctor escuchó a Fulano decir que debía asegurarse si ese Mengano era a quien estaba esperando. Fulano exclamó la palabra ocho, acto seguido, Mengano balbuceó cuatro. Fulano tomó el bolso del piso, lo colocó sobre la mesa; Mengano lo agarró y se fue.

Dos palabras de toda la conversación hicieron cavilar a Víctor: ocho y cuatro.

Al fin del día, camino a su hogar, Víctor reflexionó largamente todo lo que había visto y escuchado en el bar. Llegó a su casa. Notó que su demacrado perro ya ni ladraba. Le dio pena, lo acarició pensando que con la primera propina que lograse compraría unos huesos en la carnicería; como si fuera un humano, Víctor le pidió disculpas, sabia que el animal no tenia la culpa. Pisando las piedras para no embarrarse los zapatos, entró a su casa. La mujer lo estaba esperando con la cena, un plato de sopa. Mientras que ella tomaba unos mates, Víctor le contó todo lo que había sucedido ese día.

Se fueron a dormir. La mujer se quedó muy preocupada por los dichos de Víctor. Tenía miedo que la situación por la que estaban pasando estuviera haciéndole mal. No creía nada de lo que él le había contado. No pudo conciliar el sueño en toda la noche.

A la semana siguiente, el mismo día y casi la misma hora, Víctor observó a Fulano entrando al bar y advirtió nuevamente el bolso. Toda la escena parecía repetirse, aunque algo había cambiado, Mengano no era el mismo Mengano de la vez anterior. Al poco rato, escuchó a Fulano exclamar la palabra veinticuatro, y dejándose llevar por lo que había acontecido siete días atrás, balbuceó doce al tiempo que Mengano contestó lo mismo. Fulano le entregó el bolso a Mengano.

A la noche, el bar cerró y Víctor se fue para su casa. Pensó en los números que Fulano preguntaba y la relación que estos tenían con lo que contestaba Mengano. Era sospechoso que la respuesta fuese algo tan sencillo de averiguar. Semejante suma de dinero no podía estar asociada a algo fácil de descubrir. En ese mismo momento la tentación comenzó a cautivarlo.

Cuando llegó a su hogar le contó otra vez a su mujer, mientras tomaba sopa, todo lo que había sucedido ese día. Ella no quiso seguir tomando mate, le dio las buenas noches y se fue a dormir. Víctor le preguntó si se sentía mal, ella le contestó que estaba cansada y que al otro día se tenía que levantar muy temprano para ir a trabajar. Hacía tareas domésticas en varias casas. Se quedo pensando mientras intentaba dormir. No le creía nada.

Pasó otra semana. Víctor desde temprano se sentía inquieto. Miraba a cada persona que pasaba por la puerta del bar. Al poco tiempo vio aparecer a Fulano. Este se dirigió una vez mas a la mesa del fondo. Víctor caminó hacia allí, con disimulo observó el bolso. A los quince minutos notó que otro cliente entró al bar. Era un Mengano diferente al Mengano de la semana pasada y al de quince días atrás. Se acercó a la mesa donde estaba Fulano y se sentó. Sucedió lo mismo de siempre. Al cabo de cinco minutos Fulano profirió la palabra catorce, Víctor observó todo, parecía como si fuera una gran foto, por un instante solo escuchó a su corazón galopar. Por dentro gritó siete. Esperó uno, dos, tres, cuatro, cinco segundos y Mengano, con cierta calma, también contestó siete. Víctor se restregó los ojos, no podía creer lo que estaba viendo, nuevamente Mengano se llevaba el bolso.

Víctor recordó hasta los mínimos detalles de cada ocasión. No podía entender como existía algo tan fácil de descifrar. Volvió a su casa en colectivo, sin dejar de pensar en lo que pasaría si tuviera un bolso lleno de dinero. Pensó en cancelar las deudas y vivir una vida mas tranquila. Pensó que quizás podría montar un taller de pintura. Se puso eufórico.

A los siete días, el patrón del bar se extrañó por la tardanza del único mozo. A los pocos minutos sonó el teléfono. Víctor acusó una fuerte gripe, decidió quedarse en su casa para descansar.

Entró un cliente al bar y se dirigió hacia la mesa del fondo. Era un Mengano diferente de todos los Menganos que se habían reunido antes allí, tenía grandes bigotes y anteojos negros. Fulano profirió una queja. Le hizo saber que no le gustaba la gente que llegaba mas temprano de lo acordado. Este Mengano era silencioso. Tomó asiento y con sus pies tanteó el bolso que se encontraba en el piso. Fulano vociferó la palabra veinte. Mengano tartamudeó la palabra seis. En el preciso instante que terminó de decirla se puso de pie. Su frente se había llenado de transpiración. Fulano le entregó el bolso.

Mengano salió del bar velozmente. Cruzó la calle y caminó hacia la esquina. Tomó el colectivo, le indicó que deseaba ir a la estación Terminal de ómnibus. Se quitó los anteojos, se despegó el bigote y sonrió. Al cabo de quince minutos bajó del colectivo con el bolso en la mano. Buscó entre toda la gente que se encontraba en el lugar y no vio a su mujer. Comenzó a ponerse nervioso, sentía mucha bronca. Esperó media hora y su mujer no llegó. Con enfado tomó un taxi. Llegó a su casa, bajo corriendo del automóvil, entró violentamente y maldijo a su mujer, la maltrató. Ella estaba por salir a trabajar, no entendía nada de lo que le estaba sucediendo, le pidió a Víctor que se calmara, que la tratara sin violencia. El no dejaba de gruñir, le exigió explicaciones, quería saber por qué no había ido a la estación, tenían que escaparse antes que descubrieran donde vivían. Le explicó a su mujer que había sido muy simple obtener el bolso, tan solo era contar la cantidad de letras que tenía la palabra, rió a carcajadas. Ella se aterrorizó, no entendía nada de lo que Víctor decía. Corrió a llamar a un médico. Al mismo tiempo que ella buscaba el número telefónico, Víctor se percató que no tenia el bolso, miró a su alrededor desconcertado, no lo vio. Recordó el taxi que había dejado en la puerta. Corrió hacia la calle. El taxi se había ido. Víctor comenzó a llorar, se desplomó contra el suelo chillando.

Víctor terminó internado con una crisis nerviosa muy grave.

A los cuatro días se presentó un extraño en casa de Víctor. La mujer lo atendió apurada porque se tenía que ir a trabajar. El visitante era un taxista que buscaba al pasajero que había olvidado un bolso en su automóvil. Se disculpó por no haber venido antes. La mujer de Víctor asombrada tomo el bolso y agradeció al extraño. Cerró la puerta y lo abrió aturdida. Notó que había carpetas con hojas escritas a máquina. No entendió que tipo de escritos eran pero de algo estaba segura, eso no era dinero. Pensó en la frágil salud de Víctor, dejó el bolso en la calle, en el lugar donde se deja la basura. Nada de lo que contenía el bolso los salvaría. Se fue a trabajar con la sensación de cargar el peso del mundo sobre sus espaldas.

Llegó a la casa donde trabajaba por las mañanas. Mientras limpiaba la cocina observó el diario. Decidió buscar, en la sección de empleos, un trabajo adicional, necesitaba ganar más dinero. Cuando pasaba la segunda página, observó una solicitada que le llamó la atención. La misma hacia referencia a una recompensa de diez mil pesos para aquel que devolviera un bolso, de idénticas características al bolso que Víctor, gracias a los números y a ese chofer de taxi, había conseguido. La solicitada continuaba haciendo referencia al contenido, eran documentos muy importantes para quien los había extraviado. También se daban detalles de la zona donde se había perdido, hacia referencia a las calles Alsina y San José.

La mujer de Víctor comenzó a llorar, se desplomó contra el suelo chillando…

No hay comentarios.: