miércoles, 28 de noviembre de 2007

Nuevo cuento

Cada vez que chusmeo el blog me doy cuenta que con las "ganas de..." no logro nada. Sin embargo es lo que me sale, y por ese solo motivo, lo dejo. Porque es autentico.
Acá les dejo mi último cuento. Lo presente en un concurso, mi arrogancia volvió a desplomarse al ver que ni en el orden de méritos apareció. Sin embargo con Aquella Noche me contesté la pregunta que siempre me daba vueltas por la cabeza: ¿qué justifica la existencia de la palabra eternidad?


Aquella noche

Limpió el filo con su manga y deshizo sus pasos.
Sobre los mosaicos de la cocina quedaba la mujer exhalando por última vez. El cuerpo exangüe, delgado y frágil se volvió inmóvil.
Salió del departamento, sin preocuparse por dejar rastros. Se propuso no pensar más en lo que acababa de hacer. Ya en la calle era nadie.
Y volvió a rondarle la inoportuna pregunta, la de siempre. ¿Cuál era la razón de su existencia?
Desde hacía años, como ahora, ensayaba respuestas que frenasen el agobio. Pero ninguna resultaba convincente.
Algo detuvo su andar, miró hacia la otra vereda: por la ventana brotaba un atisbo de desconsuelo. Sintió la necesidad de estar allí.
Le fue fácil entrar. Intentó que no se notara su presencia por los pasillos. Abrió la puerta observando de un extremo a otro del corredor. Evitó sonido alguno.
En una de las camas, junto a la pared de azulejos, yacía un hombre, un pobre ser desesperanzado. Esa fue la sensación al verlo: un joven con nada más que una bata blanca cubierto por una sábana inmaculada. La escena no le permitía entrever más.
No lo dudó: se acercó a él. Sin hostilidad. Sin odio. Sin violencia. El hombre abrió los ojos, sonrió por última vez… y ese fue su gesto final.
Deshizo sus pasos, limpió la hoja sobre su manga. Salió de la habitación pensando: su presencia había permitido aliviar la agonía de esa persona.
Sin embargo le tomó minutos volver al descontento: se dio cuenta de que esa trivialidad había sido inferida por el contexto del pobre hombre.
Seguía sin poder comprender su propia existencia.

Ganó la calle sin que nadie percibiera nada. Sabía que no había tenido infancia, ni pubertad, ni juventud. Sólo presente, como si hubiera nacido así como era. Pero nada de eso alivió su insatisfacción.
A las pocas cuadras logró entrar en otra casa.
Investigó cada habitación.
En un cuarto se encontró con dos pequeñas niñas que se miraban cara a cara. Al acercarse vio que no eran dos: sólo una que se reflejaba ante un espejo.
Se paró frente a él. Pero el espejo no le devolvió ninguna imagen, no lo haría jamás.
Meditó otra forma de hacer lo de siempre.

Deshizo sus pasos dejando atrás el inerte cuerpo de la niña.
Aquella noche, en esa habitación, no tuvo necesidad de limpiar el filo de su guadaña.

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