miércoles, 14 de marzo de 2007

Un cuento perdedor

Gente, a continuacion el cuento que presente en el concurso knorr. No salio elegido por el jurado, encuentren el ¿por qué?...

Puré chino
por Javier Ameghino

El viernes la madre de Carmen comenzó a preocuparse por la falta de apetito que su hija dejaba ver hacia algunos días. Ya no sospechaba que era un capricho de una niña de seis años. Por la noche decidió tentarla con algo dulce, había preparado budín de pan que era uno de los postres preferidos de Carmen. Sirvió una suculenta porción y la puso sobre la mesa.
–Tomá Carmen, le puse dulce de leche y crema como a vos te gusta –dijo la madre mientras levantaba los otros platos que estaban sobre la mesa. Carmen escudriñó el postre y con el dedo índice tomó una pizca de dulce de leche para saborearlo. Desde la cocina, la madre estaba atenta y a la espera de que ella clavara la cuchara. Pero fue inútil aquella estrategia, la niña empujó lentamente el plato hacia el centro de la mesa.
–No lo quiero mami, no tengo hambre –dijo desganada. Ni los dulces le despertaban las ganas de comer.
Por la noche llegó el padre del trabajo. Su esposa, que estaba en el living tejiendo, lo vio pasar y balbuceó:
–Buenas noches.
–Que tal –contestó secamente y sin detenerse se dirigió hacia la habitación de Carmen. La niña estaba dormida, él se reclinó y la beso en la frente. Salió de allí y fue hacia la cocina. Abrió la heladera y tomó lo que había quedado de la cena: guiso de arroz. Puso a calentar una porción. Mientras cenaba en la cocina, su esposa dejó el tejido y fue a dormir preguntándose si su hija estaría enferma. A la mañana siguiente, como seguía intranquila, llevó a Carmen al médico. La revisó y no encontró nada físico:
–Mire señora, si su hija en unos días no revierte el cuadro vamos a comenzar a darle vitaminas –advirtió el médico.
Llegó el domingo. El padre notó que su hija no había probado ni un bocado del almuerzo. Pensó que quizás no le gustaba la comida o que en el desayuno se había excedido con las galletitas dulces.
–Hija, ¿te sentís bien?, ¿por qué no comes?, ¿no estarás comiendo muchas golosinas? –dijo con tono de voz elevado.
–Lo que pasa papá es que no tengo hambre –musitó.
­–Si, ya veo querida. Pero si no comes te vas a enfermar. ¡Y nada de andar comiendo de esas porquerías que vos siempre comes!, tenes que comer comida –dijo enojado. Carmen compungida agachó la cabeza y se fue a su habitación. El padre, sin levantar la vista del plato, preguntó a su mujer:
–¿Carmen esta enferma o es un capricho?, ¿qué le pasa?
–Te dignaste a preguntar por tu hija, ¿era hora no? Mirá, no se, a mi también me gustaría saberlo. El médico no le encontró nada –dijo ella y repentinamente empezó a llorar- ¡No soporto más esta situación!, me siento sola, por favor por lo menos ayúdame a lograr que Carmen coma algo –dijo entre sollozos. El marido la escuchó sin mirarla, se levantó de la mesa y se fue hacia su habitación. Se acostó en la cama y se quedo pensando sobre lo ocurrido.
Al siguiente día, el padre de Carmen volvió del trabajo antes de la hora del almuerzo:
–A partir de hoy comienzan mis vacaciones –dijo en voz alta al entrar a la casa. Después de cinco años se había dado cuenta que necesitaba tomarse un tiempo para descansar. Desde el living su esposa levantó la mirada del tejido que tenía entre las manos, incrédula sonrió. Carmen escuchó la noticia, saludó sin ganas al padre y se fue a su habitación. Seguía afligida.
Mientras estaba jugando con las muñecas, un fuerte aroma a ajo la llevó hacia la cocina. La extrañó ver al padre con el delantal puesto y cocinando, estaba preparando carne frita con ajo. Dio media vuelta para irse pero la detuvo la voz de él:
–También voy a hacer puré chino.
–¿Puré chino?, ¿qué es eso papá?
–Es un puré que lleva papas, un poco de manteca, una pizca de sal y otra de nuez moscada, pero la diferencia esta en cómo lo preparo, ¡y lo rápido que lo hago!, ya vas a ver –exclamó sonriente–, es una receta que aprendí cuando era muy joven, cuando estuve en China.
Carmen se asombró y preguntó:
–¿Cuándo estuviste en China?
–Antes de conocer a tu mamá, viajé a China para aprender a cocinar.
Carmen se quedó inmóvil esperando mas detalles. El padre le pidió que se vaya a sentar a la mesa y que esperase allí por el almuerzo. Faltaba hacer el puré. Carmen no obedeció y preguntó:
–¿Cómo se hace el puré chino? –solo veía un bol sobre la mesada de mármol y un plato con carnes fritas al ajo.
–¡Ah! Ese es el secreto y solo te lo voy a contar si lo probás, sino no puedo contarte nada – contestó.
Carmen cambió la expresión, le gustó el desafió. La madre desde el living escuchó todo, se secó una lágrima que le corría por la mejilla, se levantó del sillón y se dirigió hacia la cocina.
–¿De que están hablando? –preguntó ella.
–Papá va a hacer puré chino, ¿a vos te gusta mami?
–Sí, claro, como no me va a gustar. Es riquísimo. Anda a sentarte a la mesa que yo ya llevo las cosas –indicó la madre con el dedo índice apuntando hacia el living. Miró al esposo y preguntó disimuladamente si había cocinado también para ella.
–Sí –contestó secamente sin mirarla.
Carmen los estaba observando, su rostro volvió a entristecerse. El padre al ver a la hija frunció el ceño y le ordenó que fuera a sentarse a la mesa. Carmen tomó la mano de la madre y juntas fueron hacia el living. A los cinco minutos apareció el padre con un bol lleno de puré humeante y las carnes al ajo con penetrante aroma. Sirvió puré para los tres y le pidió a Carmen que fuera la primera en probarlo.
–Si querés que te cuente los secretos que aprendí en China vas a tener que dejar el plato limpio –dijo el padre.
Carmen no emitió sonido y con el tenedor tomó una pizca, se la llevó a los labios, la degustó y exclamó sonriente:
–¡Es rico papá!
Sin embargo, no quiso comer más. La madre agachó la cabeza y siguió comiendo. Al rato intentando llamar la atención de su hija dijo:
–La verdad que en China saben como hacer un rico puré de papas, ¡es delicioso!
Carmen los observaba. El padre, mirando a la esposa dijo:
–Opino lo mismo, el puré chino es el más rico del mundo.
Ambos se quedaron mirando largo rato. Carmen los observó, tomo otro bocado, y con el puré en la boca exclamó:
–¡Estoy llena!
Al finalizar el almuerzo, el padre se fue de la casa. Regresó por la tarde, cerca de la hora de la cena. Carmen comenzaba a mostrarse débil, llevaba algunos días sin comer. El padre se acercó a la esposa y preguntó si Carmen había comido algo, ella negó moviendo la cabeza.
–¿Quién quiere puré chino que quedó del mediodía? –preguntó el padre en voz alta.
La madre sonrió y con una mirada cómplice contestó:
–Es mejor que lo coma Carmen así puede conocer la historia.
Carmen lo escuchó y desde su habitación gritó:
–¡Yo papá!
Cuando el padre se dirigía hacia la cocina, la esposa lo tomó de la mano y preguntó:
–¿Puedo ayudarte?
–Sí, si vos querés.
Carmen, salió de la habitación donde estaba jugando, vio que los padres estaban hablando tomados de la mano, se le dibujó una sonrisa y corrió hacia ellos, se colgó de las manos entrelazadas y se hamacó. La levantaron por el aire, luego el padre la alzó sobre sus hombros y los tres fueron hacia la cocina.
Carmen tenía otra cara, comió todo el puré chino y una milanesa. Los padres la abrazaron y la llenaron de besos. La pequeña disfrutó.
–Bueno, ahora que comiste todo te voy a contar algunas cosas pero no todas, para saber todo vas a tener que seguir comiendo –dijo el padre y como si estuviera dando una clase de historia continuó relatando–. La papa fue llevada de América a Europa por los españoles hace muchos, muchos años. Así se convirtió en un alimento básico en todo el mundo y muchos países como por ejemplo Rusia, Polonia y Alemania comenzaron a comer mucha papa.
Carmen seguía prestándole mucha atención, él continuó contando:
–Ahora, en estos años, el país donde más comen papa es en China –el padre hizo un gesto con las manos–, ¿y eso sabes por qué hija?, por el puré chino.
Carmen se puso ansiosa y quería saber el por qué de todo, necesitaba detalles. Se quedaron por largo rato los tres sentados a la mesa conversando. Cuando el padre finalizó la historia, Carmen con cara triste preguntó:
–¿Papi, algún día vas a volver a ir a China?
–No, no hija –contestó mirando a la esposa.
Todos se fueron a dormir. Al rato de estar acostados Carmen se dirigió a la habitación de los padres y pidió dormir junto a ellos. Le hicieron un lugar en el medio de la cama y ella rápidamente lo ocupó. Con los ojitos brillosos sonrió y se durmió feliz.
Al otro día el padre no se fue de la casa después del almuerzo como lo hacia últimamente y la madre dejó de tejer, los tres siguieron hablando de China y todo lo que había aprendido el padre como cocinero. Carmen había almorzado todo lo que le sirvieron, viendo a sus papás hablando, cercanos el uno al otro, se le había abierto el apetito. Fueron unos exquisitos mostacholes con salsa de tomate, también cocinados por el padre.
Por la tarde mientras Carmen jugaba, el padre se sentó al lado de su esposa, le tomó la mano y dijo:
–Estuve meditando sobre nosotros, quiero pedirte perdón.
Ella lo besó con emoción, mientras que Carmen los espiaba desde la otra punta del living. Al ver al padre acariciando a la madre corrió a abrazarlos y dijo:
–Tengo hambre, ¿cuándo comemos?
Los padres rieron a carcajadas pensando que la historia del puré chino había resultado muy útil.